La isla del tesoro

Póster del libro La isla del tesoro

Jim Hawkins regenta, junto a sus padres, la posada Almirante Benbow. Su vida discurre tranquila entre la barra y las mesas hasta que, un día, un viejo marinero entra en su fonda acarreando un pesado secreto… De la noche a la mañana el joven Jim se encuentra en la cubierta de la Hispaniola, rodeado de rudos marineros, agasajado por un misterioso cocinero cojo, ansiosos todos ellos por encontrar el codiciado tesoro del capitán Flint.

«Quince hombres tras el cofre del muerto, ¡oh, oh, oh y una botella de ron!»

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Así acabó La isla del tesoro

[…] Cada uno de nosotros recibió su muy considerable parte de aquel tesoro, y usamos de ella con prudencia o despilfarrándola, según la naturaleza de cada cual. El capitán Smollett se ha retirado de la mar. Gray no sólo supo conservar su dinero, sino que, habiéndole acuciado un súbito deseo de prosperar, se dedicó con afán a su profesión y hoy es piloto y copropietario de un hermoso barco, ha contraído matrimonio y es padre de familia.

En cuanto a Ben Gunn, se le dieron mil libras, que gastó o perdió en tres semanas, o para decir mejor, en diecinueve días, pues el que hacía veinte ya vino a nosotros mendigando. Entonces se le encomendó, para garantizarle su vida, un puesto de guardián en una hacienda, que era lo que tanto había temido él, en la isla; y ahí continúa sus días, siendo muy querido y popular entre los hijos de los campesinos y un notable solista en el coro de la iglesia los domingos y fiestas de guardar.

De Silver no hemos vuelto a saber. Aquel formidable navegante con una sola pierna ha desaparecido de mi vida; supongo que se reuniría con su vieja negra y que vivirá todavía, satisfecho, junto a ella y al Capitán Flint. Y ójala así sea, porque sus posibilidades de gozo en el otro mundo son harto escasas.

Los lingotes de plata y las armas aún están, que yo sepa, donde Flint las enterró; y por lo que a mí concierne, allí van a seguir. Yuntas de bueyes y jarcias que me arrastraran no conseguirían hacerme volver a aquella isla maldita; pero aún en las pesadillas que a veces perturban mi sueño oigo la marejada rompiendo contra aquellas costas, o me incorporo sobresaltado oyendo la voz del Capitán Flint que chilla en mis oídos: «¡Doblones! ¡Doblones!»

– LA ISLA DEL TESORO, Robert Louis Stevenson

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