La sonrisa etrusca

Póster del libro La sonrisa etrusca

La historia se desarrolla en Milán a donde Salvatore Roncone, un viejo cascarrabias, tozudo y extraordinariamente apegado a la tierra calabresa en la que nació, es trasladado por su hijo Renato para ser tratado de un cáncer. En la gran ciudad encara el choque de dos mundos: el de su hijo y esposa, quienes, junto a su único hijo, Bruno, de trece meses de edad, forman una típica familia burguesa y urbana, con el suyo en el sur de Italia, mundo de sabores, de olores, de rancias y machistas costumbres y de rencillas familiares.

El pequeño nieto se llama Bruno, nombre que hace feliz al abuelo, pues, aun ignorándolo su propio hijo, era el nombre que recibía Salvatore en la clandestinidad partisana. Se establece así una relación entre el abuelo y el nieto, en quien vuelca su ternura y a quien intenta transmitir su amor por la vida, que a él, como consecuencia de la enfermedad, se le va escapando. Pero eso no impide a este detener su vida. Hasta tal punto llega su afán de demostrar que aun es capaz de llevar los hechos lo más normalmente posible. Tanto es así que vuelve a enamorarse…demostrándonos que nunca es tarde.

En 2001, el diario español El Mundo la incluyó en su lista de las 100 mejores novelas en español del siglo XX.

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Así acabó La sonrisa etrusca

El libro termina de forma predecible, no podía ser de otra forma. La Rusca termina cerrando un círculo que esperábamos desde el principio. El viejo Bruno muere escuchando la palabra que deseaba escuchar de su nietecito: Nonno (abuelo). Muere sabiéndose feliz de haber encontrado a Hortensia, de dejar a su nieto en sus buenas manos, de haberse acercado y a su hijo Renato y sobre todo de haberse abierto para comprender mejor la vida. Muere esbozando esa sonrisa etrusca que tanto admiraba.

Así acaba “La sonrisa etrusca”

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[…] -Me han dado, hijo; un fascista emboscado… Pero no tengas miedo; estás con Bruno… ¡Con Bruno! Y siempre tengo suerte con las balas… Pronto llegaremos y Hortensia nos espera. Te cuidará mientras me curo… Ya la quieres y ahora es tu abuela, ¿sabes? ¡La mejor del mundo!… No te apures, tesoro; te llevaré a sus brazos… Para arrancarse el dolor se da tal zarpazo en el pecho que la bolsita de amuletos, roto el cordón, cae sobre la cama.

-¡Cabrón de tirador! -ruge. Pero el rugido acaba en sofocada queja.

Se sienta, apoyando la espalda contra la cabeza. Murmura:

-Veo mal… El sol… Me ciega, al salir de la umbría…

Calla para ahorrar fuerzas, pero su mente prosigue, mientras el dolor va cerrando implacable tenaza en torno a su pecho.

«Nada, no es nada… ¡Qué alegría los cohetes! ¡Cuántas chispas en el cielo! ¡Y las trompetas, la música! ¿Oyes?… Vuelvo como quería: victorioso y contigo. ¡Contigo, mi angelote!»

El niño, inquieto ante esta noche tan diferente, gatea por la cama hacia el viejo. Se agarra temeroso al brazo ya paralizado y se pone en pie, su carita junto a la del abuelo, esperando, esperando… De golpe, su instinto le revela el desplome del mundo, la tiniebla vacía. El aletazo de la soledad le arranca la palabra tantas veces oída:

-Non-no -pronuncia nítidamente, frente a ese rostro cuyos ojos le buscan ya sin verle, pero cuyos oídos aún le oyen, anegados de júbilo. Y repite el conjuro, su llamada de cachorro perdido-. Nonno, nonno. ¡Nonno!

¡Por fin ese cántico celeste!

Colores de ultramundo, lumbres de mil estrellas incendian el viejo corazón y le arrebatan a esta gloria, esta grandeza, esta palabra insondable:

¡NONNO!

A ella se entrega para siempre el viejo, invocando el nombre infantil que sus labios ya no logran pronunciar.

El niño, en su desamparo, inicia un gemido. Pero se calma al olfatear en la vieja manta el rastro de los brazos que le acunaban. Se envuelve confiado en sus pliegues, en ese olor que reconstruye el mundo al devolverle la presencia de su abuelo, y clama, orgulloso de su proeza, una y otra vez:

-¡Nonno, nonno, nonno, nonno…!

Sus manitas, mientras tanto, juguetean con los amuletos.

En la carnal arcilla del viejo rostro ha florecido una sonrisa que se petrifica poco a poco, sobre un trasfondo sanguíneo de antigua terracota.

Renato, atraído por la canción guerrera y por los gritos del niño, la reconoce en el acto:

La sonrisa etrusca.

– FIN –

 

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